LIBROS. Flores de verano (1947-1949), de Tamiki Hara

“Le debo mi vida a un retrete”. Así justificó el escritor japonés Tamiki Hara (1905-1951) su supervivencia a la bomba atómica en Hiroshima el 15 de agosto de 1945. Lo dejó escrito en Flores de verano (Impedimenta), uno de los tres relatos breves que componen el volumen del mismo título publicado por Impedimenta. Aquel día, a las 8.15 de la mañana, todos los instantes que vivían los ciudadanos de Hiroshima perdieron su banalidad y se convirtieron en decisivos para el resto de sus vidas y para la Historia.

Portada de la edición de Impedimenta de "Flores de verano"

Edición utilizada:

Tamiki Hara (2011). Flores de verano. Madrid: Impedimenta

(Título original japonés: Natsu no Hana, relatos escritos entre 1947 y 1949)

Valoración personal (sobre 5): Profundo testimonio de la locura humana (4)

Tamiki HaraNacido en Hiroshima en 1905 en el seno de una acomodada y próspera familia dedicada a la industria textil, Tamiki Hara se tituló en 1932 en literatura inglesa. Después de una juventud de vida licenciosa y también de compromiso político con movimientos de izquierda, sobreviviría a un intento de suicidio y se casaría en 1933 con Nagae Sadae. Su vida cambia a partir de entonces, se centra en la creación literaria y da clases de inglés en Funabashi, al oeste de Tokio. En el verano de 1944 su mujer muere de tuberculosis tras un largo y penoso proceso de la enfermedad y en enero de 1945 él decide volver a Hiroshima, a la casa familiar en donde viven y trabajan sus hermanos. La muerte de su esposa y el estallido de la bomba que vivirá poco después marcarían su vida y su producción literaria el resto de sus días. La trilogía de relatos incluida en Flores de verano nos sumerge en el Japón cotidiano que se hunde en la derrota durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Hara adopta el papel de narrador de su propia suerte en aquellos tiempos de supervivencia, pues el relato se basa en su propia experiencia.

Los ocho meses que vive Tamiki Hara en Hiroshima antes de la explosión nuclear son los que relatará en la primera de las historias de la trilogía, “Preludio a la aniquilación”. Le seguirá “Flores de verano”, en donde se narra el momento de la deflagración y los primeros días posteriores. La trilogía concluye con “De las ruinas”, en donde el autor refiere lo que se vivió en los meses posteriores a la explosión. El orden original de publicación de los tres relatos no fue exactamente ese puesto que “Preludio a la aniquilación”, en realidad, se publicó en enero de 1949, casi dos años después de que “Flores de verano” viera la luz en una revista universitaria y casi uno y medio más tarde de que se pudiera leer “De las ruinas” en la misma publicación. Los editores de Impedimenta han optado por presentar la trilogía siguiendo no ese orden que prefería su autor sino el cronológico que expresan los relatos para facilitar al lector la comprensión de la historia, entre otras cosas porque sólo en Preludio para la aniquilación se cita a los personajes por sus nombres, que desaparecen en las otras dos para simplemente ser aludidos de forma indirecta.

El antes, el después y la explosión

En los dos últimos relatos de la serie la narración es en primera persona, a cargo del tercero de los hermanos, Shozo, mientras que en el primer relato un narrador nos explica los hechos que enmarcaron la vida de la familia en Hiroshima en los meses anteriores al bombardeo. En esa primera narración se da cuenta de todo lo que le podemos suponer a la cotidianeidad de la retaguardia en los meses finales de una guerra –dificultades de subsistencia y racionamiento, desinformación, alarmas aéreas cada vez más continuadas, evacuaciones, derribo de edificios para adecuar eventuales cortafuegos, instrucción militar, cansancio y hastío… – y junto a todo ello, algo más, un algo inquietante propio de aquel lugar: la certeza de que pese a haberse librado de los bombardeos masivos que han castigado a otras ciudades japonesas, la suerte está echada y es sólo cuestión de tiempo el que Hiroshima sea destruida. Todos parecen querer salvar el pellejo, pero como Shozo, seguramente se preguntan a menudo si lo conseguirán.

En la segunda parte, el relato de la explosión y de sus consecuencias sobre los habitantes hace palidecer todas las premoniciones sobre la suerte de Hiroshima. Tamiki Hara no varía su estilo, no necesita truculencia alguna para transmitir el horror. Las situaciones simplemente desfilan, una tras otra, sucediéndose sin rivalizar. El autor consiguió plasmar en estos retazos la vacuidad que debió sentir en aquellas horas y durante el resto de su vida, desesperanza que le llevaría al suicidio en 1951. En una de esas escenas en el Hiroshima post bombardeo, Shozo ayuda a un soldado herido en la arena del río. El soldado, en un momento dado murmura “sería mejor estar muerto…”, y Shozo, que asiente “entristecido”, añade para el lector: “Era como si un resentimiento insoportable nos mantuviera unidos. No necesitábamos palabras para describir aquello”.

El tercero de los relatos nos sitúa en los meses posteriores al bombardeo. Shozo explica desde el sufrimiento de los que aun tardaron tiempo en curarse o en morir por las quemaduras o los efectos de la radiación, a las dificultades del resto para reemprender su vida en una región que sólo muy lentamente empezaba a recuperar una mínima infraestructura de transporte y en donde “siempre había alguien que buscaba a alguien”, entre otras cosas porque muchas de las víctimas, simplemente, se volatilizaron por efecto del intenso calor en el primer segundo tras el estallido sin poder dejar atrás ninguna prueba ni registro.

La literatura de las bombas atómicas

La traumática experiencia nuclear japonesa marcó el espíritu del país y generó con el tiempo reacciones culturales múltiples y variadas. Un ejemplo lo encontramos en la denominada ‘literatura de las bombas atómicas’ (genbaku bungaku) formada fundamentalmente por obras escritas por los supervivientes de la catástrofe. La trilogía de Tamiki Hara se inscribe en esta corriente en la que también participa, entre otros novelistas, Ota Yoko, con Ciudad de Cadáveres, Medio humano o Harapos humanos. La literatura del holocausto nuclear también está presente en la poesía, con obras como Poemas de la bomba atómica (1951), de Tôge Sankichi, y Huevos negros (1946) de Kurihara Sadako.

Hay otros títulos también asociados a esta literatura de la bomba pero fruto de la reflexión posterior de sus autores, que no fueron testigos directos de la tragedia, como en el caso del Nobel Oe Kenzaburo y su Cuadernos de Hiroshima (1965); de Lluvia Negra (1966), de Ibue Masuji y publicada aquí por Libros del Asteroide, o de Hiroshima (1981), de Oda Makoto.

En la obra de Tamiki Hara se aprecia el estupor y el desconocimiento que una bomba de potencia hasta entonces ignorada produce entre los habitantes de Hiroshima. Pese a la censura impuesta en todo lo relativo a las consecuencias del bombardeo atómico por el ocupante norteamericano durante la década siguiente, el texto de Hara ya advierte que “pronto supimos que debía de haber algo en el aire, algún tipo de sustancia que hacía que la gente muriera”.

Pese a textos como este o, en el bando ganador, el famoso reportaje “Hiroshima”, de John Hersey, publicado en un número monográfico especial de la revista New Yorker en 1946, la versión del Gobierno de los Estados Unidos sigue vigente incluso aún hoy en el imaginario colectivo: la bomba fue inevitable y ahorró un millón de muertes en una invasión del territorio japonés… Para evitar el desconocimiento de tamaña atrocidad que marcó, no lo olvidemos, los derroteros del resto del siglo XX, y también para superar el engaño de aquella propaganda interesada, alguna obra como la de Tamiki Hara debería ser de obligada lectura en alguna de las etapas de nuestro sistema educativo.

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