CINE. El viaje de Chihiro (2001), de Hayao Miyazaki

El viaje de Chihiro (2001), de Hayao Miyazaki, es una de las películas de animación más fascinantes que he visto nunca. Ante nuestros ojos se despliega durante dos horas un derroche de imaginación al servicio de un viaje, el de una niña de 10 años llamada Chihiro, que entre la alucinación y la espiritualidad evolucionará hasta llegar a ser una persona más completa, más capaz, más madura. La película exige atención casi constante a los mensajes, claves, avisos o explicaciones visuales relativos a la trama y a lo que le sucede a la protagonista, pero no sólo eso. Para los espectadores occidentales también es una gran ocasión de acercarnos al mundo espiritual japonés, en especial a lo relacionado con el shintoismo y sus dioses. El Oscar a la mejor película de animación de 2002 sin duda fue más que merecido.

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Para ser justos, debo aclarar que esta entrada le debe mucho a Raúl Fortes Guerrero y su Guía para ver ‘El viaje de Chihiro’ (Nau LlibresOctaedro, 2011). Sin ningún rubor les digo que si de verdad les ha interesado esta película dejen de leer esta entrada y vayan directamente a conseguir un ejemplar de este librito que desmenuza, literalmente escena por escena, plano a plano, todo el film, y además le da un sentido general a partir de todos sus detalles, desde los que se esconden en los caracteres escritos en japonés o en determinadas palabras japonesas que se utilizan, hasta las informaciones de contexto necesarias para comprender mejor alguna parte de la acción. Además, ofrece muchos más datos de la propia producción del Studio Ghibli, siempre interesante para los más cinéfilos. Aunque si quieren un adelanto, sigan conmigo.

El argumento gira alrededor de Chihiro, niña un tanto caprichosa a quien un cambio de hogar y de ciudad no parece sentarle muy bien. De camino a la nueva casa, se pierden en un extraño bosquecillo y encuentran un poblado desierto pero con un magnífico banquete listo para ser degustado. Sin pensarlo, los padres de la niña empiezan a comer pensando en pagar más tarde. Pero de repente, mientras ella les observa comer, sus padres se transforman en cerdos. Empieza el mágico e intrigante viaje de Chihiro a través de un mundo habitado por dioses antiguos y seres fantásticos. Un mundo dominado por la diabólica hechicera Yubaba.

La película mantiene un ritmo narrativo muy vivo, trepidante en ocasiones, que engancha al espectador a su asiento. La profesora Susan Napies, especialista en manga y anime, afirma en este sentido que tal vez la animación japonesa, con esta capacidad de alterar el ritmo narrativo y con su desbordante imaginación, sea el vehículo perfecto para captar la metamorfosis continua del mundo actual.

Temas esenciales

En El viaje de Chihiro la identidad personal es uno de sus temas esenciales. Chihiro vive con sus padres y con sus propias contradicciones infantiles. Su madurez fisiológica no tardará en comenzar, y con ella su transformación en adolescente como paso previo a la edad adulta. Una identidad cambiante que en este punto de su desarrollo, sin embargo, sufrirá el envite de un universo mágico y paralelo a nuestra dimensión, el de los dioses, y en donde se verá inmediatamente despojada de su identidad. La prueba más tangible de esa pérdida es el cambio de su nombre: en la casa de baños de los dioses, como parte del contrato de estancia, le será literalmente arrebatado su nombre y pasará a llamarse Sen, es decir, un número (sen=mil en japonés).

Las dos identidades de la pequeña protagonista nos remiten al potencial oculto que todos poseemos, a veces sin advertirlo. Así, ella aprenderá en su aventura en la casa de baños de los dioses la naturaleza de su propia entereza, sus habilidades y su fuerza interior. Chihiro, la niña probablemente insegura, aprenderá siendo Sen cómo adaptarse mejor a sobrevivir o, si lo prefieren, iniciará su largo viaje hacia la madurez. Chihiro volverá de su aventura transformada en una persona con unas habilidades nuevas que potenciarán su desarrollo y la ayudarán a crecer como persona. Y recuperará su nombre, aunque en realidad al final de la película Chihiro ya no puede entenderse sin la aportación de Sen, una es la evolución de la otra (de hecho, el título original de la película es El rapto divino de Sen y Chihiro).

Chihiro y Sen son una de las más claras muestras de la falsa dualidad que nos expone de varias formas el director, Miyazaki. Otra es la dualidad formada por Yubaba y Zeniba, personajes cuyos comportamientos parecen responder aparentemente a la clásica noción del Bien y del Mal. El director, sin embargo, muestra a lo largo de la película como nada es blanco o negro, como ambas no pueden encasillarse sin más en los papeles de hada buena y bruja mala a los que la factoría Disney nos ha acostumbrado en Occidente: las dos muestran a lo largo de la película comportamientos situados a ambos lados de la línea imaginaria que separa el Bien del Mal, lo que además las convierte en personajes similares, complementarios en muchos aspectos y más ajustados a la realidad y a la concepción asiática de la unidad de los opuestos (el conocido Ying y Yang). Esta unicidad queda reflejada muy claramente desde el punto de vista gráfico: ambos personajes comparten idénticos rasgos físicos.

Junto a este tema de la identidad, Raúl Fortes añade en su guía para ver y analizar la película otra cuestión que está íntimamente unida a ésta: la memoria, tanto individual como colectiva. Miyazaki tiende en sus obras a depositar sobre los hombros de los pequeños, y en especial sobre sus protagonistas (normalmente personajes femeninos, también en contra de los estereotipos al uso) la responsabilidad de la conservación y el respeto por la Naturaleza, aunque no su elevación a la categoría de utopía (el ejemplo más claro tal vez sea La princesa Mononoke), y los convierte en depositarios del Conocimiento, sea éste en forma de tradiciones, de una ética digamos natural o de preceptos olvidados. Chihiro aprende de Yubaba y de Zeniba unas lecciones que jamás olvidará, pero sus referentes adultos, sus padres, en cambio, han permanecido prácticamente toda la película convertidos en cerdos, no han sido conscientes de lo que ha ocurrido y siguen tan ignorantes como al principio.

Espiritualidad y modernidad

Pero más allá de estas metáforas encarnadas en los personajes, El viaje de Chihiro es un excelente vehículo para acercarnos a la espiritualidad japonesa. El film transcurre en un universo paralelo al humano y frecuentado por un gran número de dioses que acuden al caer la noche para descansar del trabajo diurno en favor de los humanos, y para purificarse en la casa de baños que regenta Yubaba. Todo un mundo de dioses emparentados de una u otra forma con la Naturaleza desfila ante nuestros ojos.

El viaje de Chihiro también tiene una faceta crítica con la actual sociedad consumista japonesa, o al menos así lo interpreta Raúl Fortes. Para él, la casa de baños “sería el signo visible del mundo industrializado que despersonaliza a sus habitantes, exacerba el consumismo ilimitado –la monstruosidad devoradora de Kaonashi– y aniquila el crecimiento personal y el desarrollo de los valores humanos –la reclusión de Bô”. Sigue argumentando Fortes que aunque parezca paradójico que los dioses acudan a purificarse a un lugar tan éticamente discutible y sucio, “puede tomarse como una metáfora de la corrupción de la religión, confirmada en la escena en que, junto al resto de trabajadores, las miko-shirabyôshi [mujeres-babosa al servicio de los dioses] acuden a agasajar al sin-rostro en espera de su oro”. Y Yubaba constituiría en este escenario “el símbolo de la dominación del sistema y la viva imagen de la avaricia que ciega al ser humano”. Ella y sus empleados ambicionan constantemente el oro y las dádivas de los dioses.

Fortes también ve en el film una solapada crítica al sistema educativo japonés, tanto en la escuela como en la propia familia. Según argumenta Fortes, para Miyazaki, y eso lo deja claro en todas de sus películas, “de la formación que los niños reciban y del entorno en que ésta se produzca, dependerá la consecución de sus sueños” y el futuro común de la Humanidad. Para Takashi Sasaki, el personaje de Haku, quien al principio ayuda a Chihiro a orientarse pero al que Yubaba obliga a veces a hacer cosas malas y que es redimido al final por el amor de la protagonista, es la imagen perfecta de la juventud contemporánea que entre tanto deterioro moral lucha por mantener vivas sus ilusiones y por evitar incluso su autodestrucción.

Las películas de Miyazaki, y esta no es una excepción, son productos culturales dirigidos a los niños y jóvenes pero cuyo propósito último no es el simple adoctrinamiento. Son entretenidos enigmas por resolver que les ayudan en el camino de encontrar la propia identidad y, de paso, les relacionan con el mundo que les rodea y en el que, paulatinamente, aprenden a asumir responsabilidades.

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FUENTES

– FORTES, R. (2011). Guía para ver ‘El viaje de Chihiro’ Valencia/Barcelona: Nau Llibres / Octaedro

– ROSAS, J. Luis. “Análisis de El viaje de Chihiro” (video en youtube)

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