Las peripecias de tres chinos de Zhongshan en la España de 1960 (I)

Esta entrada es fruto del interés mostrado por Miguel Lam por uno de mis textos anteriores sobre los primeros restaurantes chinos en España. Tras leerla, se puso en contacto conmigo y se ofreció a compartir las vivencias de su padre y las suyas propias. Miguel es descediente de uno de aquellos pioneros de la cocina china en España. Su padre, natural de la entonces colonia inglesa de Hong Kong, llego a España hacia 1962. Lo que sigue es la primera de las dos colaboraciones que, amablemente, ha accedido a escribir en este blog. Trata precisamente de la llegada de su padre y de otros dos cocineros chinos al Madrid de principios de la década de 1960. Su texto significa disponer de un testimonio de primera mano de esas generaciones pioneras de la emigración contemporánea china en España. Espero que les guste, a mí me ha encantado.

 

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“Cómo llegó mi padre a España. Esta es una historia que he contado infinidad de veces a mis compañeros de colegio, amigos y allegados, aliviando y avivando la curiosidad que hasta hace poco menos de veinte años despertaba una persona con un aspecto físico chino, japonés o filipino (según el observador de turno) y un habla castellana con acento marcadamente castizo.

¿Dónde está España?

Fue hacia el año 1962, por la fotos que aquí muestro, que tras una decisión consensuada entre tres cocineros chinos del Hong Kong británico de entonces, partiendo de la oferta de empleo de un filipino con negocios en ambos lados del océano, y alentados por la perspectiva de buscarse la vida en la adelantada Europa, llegaron a  Madrid, vía puerto de Barcelona, para trabajar en uno de los primeros restaurantes “orientales” de Madrid: el Shangri-La, entre la calle Leganitos y la Gran Vía, hoy desaparecido.

Fue en Barcelona donde conocieron a un sacerdote chino, el padre Peter Yang, que un par de años después ayudaría a mi padre a recoger a mi madre y mis hermanos en el mismo puerto, procedentes de Hong Kong, para su traslado a Madrid, y a quien los primeros escasos chinos en España de aquella época, la mayoría taiwaneses, y sus descendientes, debemos nuestro agradecimiento por su asesoramiento desinteresado, por el simple hecho de ser chinos, vinieran de donde vinieran, tal como años después hizo mi padre con otros en Madrid.

Los tres cocineros de Hong Kong eran paisanos de un pueblo de Guandong (Cantón en la traducción occidental anterior al sistema fonético “pin yin”), al sur de China, en la comarca de Zhongshan, la misma de la que procedía Sun Yat Sen, el primer ideólogo de la China moderna según me contaba mi padre con orgullo. Llegaron solos al Madrid de los años del No-Do, entre tranvías y calesas, sin apenas chapurrear el inglés, que en España no se hablaba como hoy, ni por supuesto una sola palabra de castellano.

¡Qué decepción! Nada que ver con las moderrnas urbes de Londres o  Paris de las que tantas veces habían oído hablar a través de los “emigrantes afortunados” que se habían establecido en aquellos destinos mejor elegidos. ¡Qué atraso! Pero ya no había marcha atrás. Por lo menos estaban en un país grande, con mucha historia y de gran religiosidad, según lo poco que les habían contado, y se encontraban mucho más cerca de la todopoderosa Gran Bretaña.

Perdidos en Madrid

Ni un chino por ninguna parte. Ni un oriental por la calle…. hasta que contactaron con un Colegio Mayor en el Paraninfo que albergaba estudiantes taiwaneses, sufragado por no sabían muy bien qué congregación religiosa, y becados por el gobierno de entonces.

Para que lo entiendan, me contaba mi padre a menudo que cierto día, al poco de llegar a Madrid, decidieron salir los tres amigos chinos a dar un paseo por la ciudad: cogieron el “metro” cercano al restaurante donde sin entender ni papa de español viajaron hasta el final de la línea suburbana; cuando salieron de la estación, se encontraban en medio de la Gran Vía (entonces la Avenida de José Antonio) en pantalones cortos y camisa de manga corta, porque en Hong Kong en verano, ir en pantalones cortos por la calle era algo normal. ¡Todo el mundo se reía! Nadie en España mayor de edad, iba “en calzones” por la calle en aquellos años.

Tanto fue así que, ante el alboroto causado, fueron detenidos por la policía, llevados a una comisaría (probablemente la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol) llenos de perplejidad unos y otros, hasta que un agente avispado supo interpretar los gestos desesperados de los chinos; representaban con manos y aspavientos un gran edificio: el Edificio España, en la Plaza de España, punto de referencia cercano al restaurante donde trabajaban, y al que fueron devueltos sin más. ¡Quién les iba a decir que aquel emblemático edificio, que les salvó de un buen aprieto, sería adquirido por una empresa china cincuenta años después…!

Sólo uno de ellos tres vive todavía, en Alicante, felizmente jubilado.”

Miguel Lam

 

Esta entrada siguen en una segunda parte titulada ¡Mamá, yo quiero dim-sum!.

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