¡Mamá, yo quiero dim-sum! (Las peripecias de tres chinos de Zhongshan en la España de 1960) (y II)

Tras la primera entrega de esta especial colaboración con Miguel Lam, descendiente de emigrantes de Hong Kong en la España de la década de 1960, nos llega su segunda parte. Si Miguel centró la primera en la llegada de su padre y otros dos amigos cocineros a Madrid, en esta segunda nos explica la llegada de su madre y sus hermanos, las diferencias culturales que tuvieron y superaron, y también su propia llegada al mundo. Como en la primera entrega, el texto está lleno de anécdotas que lo llenan de matices de gran interés. Este blog agradece profundamente a Miguel Lam el que haya querido compartir con nosotros sus recuerdos familiares. Más de uno se dará cuenta de que sus historias de emigración no son diferentes de las que pudieron vivir nuestros padres en la España del siglo XX. Por otra parte, estos textos aquí publicados suponen un valioso contacto con la comunidad de origen chino en España que afortunadamente es cada vez más común y natural. Aquí va el texto original

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¡Mamá, yo quiero dim-sum!

“Tras el primer post, y animado por mis amigos, os voy a contar, a ver si no me repito, algunas anécdotas más de los años ´60 sobre la llegada a España de mis hermanos: un niño de ocho años y una niña de seis, según recuerda nuestra madre… y quizá ellos también, sin recurrir mucho a las cuentas del calendario.

El viaje

A los dos o tres años de establecerse mi padre en Madrid, en calidad de ciudadano ” sin nacionalidad”, llegarían su mujer y sus hijos junto con la mujer de uno de sus dos compañeros de Zhongshan en la aventura española. No existiendo en aquellos años un marco legal regulatorio específico para la escasa inmigración -en aquella época en la que eran los españoles los que salían fuera-, la legalidad de la residencia en España de las personas que, como mi padre, habían abandonado su país para ir a otro sin relaciones diplomáticas entre sí, se traducía simplemente en una palabra: “apátrida”. Así figura en un documento oficial de la entonces Policía Armada cuyo original amarilleado por el tiempo encontré revisando sus papeles tras el accidente mortal sufrido en 1997, a los 69 años de edad, haciendo lo que más le gustaba aparte de comer: conducir.

Según la octogenaria memoria actual de mi madre, reunirse con su marido en España suponía realizar una travesía transoceánica de varios meses, quizá tres, en un buque francés que partía del puerto de Kowloon con destino a Marsella y escala en Barcelona, pasando previamente por numerosas escalas en las costas de Vietnam, Sri Lanka, o Djibouti, antes de atravesar el canal de Suez para  llegar a aguas del Mediterráneo, como corroboran las postales que coleccionó mi hermano a lo largo del viaje.

Entre las actividades de entretenimiento de los pasajeros que debían darse en aquel largo viaje, estaba el baile. El niño hongkonés de ocho años que viajaba con su madre y su hermana pequeña ganó un concurso de twist celebrado a bordo, según contaba años después su hermana. Es de las pocas cosas que conozco de su infancia. De aquel viaje todavía conserva mi madre amistades entabladas a bordo, que le escriben por Navidades desde Londres, Vancouver o Sidney, a donde llegaron, no se sabe cómo, después de arribar en puerto mediterráneo.

La comida

Una vez reunida la familia en Madrid, mi padre alquiló una habitación en una casa de huéspedes, sin derecho a cocina, en la calle López de Hoyos. El sueldo de cocinero no daba para un piso como el que algunos años más tarde conseguiría alquilar en el modesto barrio de La Concepción, donde se desarrollaría la vida de mi familia hasta bien entrada la década de 1970, ya con un tercer hijo nacido en el país de residencia: un servidor que aquí escribe.

Recuerda mi madre, con melancólica alegría, que sus dos niños recién llegados a España preguntaban en mitad de la calles adoquinadas de la vieja ciudad, viendo pasar a los “demonios blancos” como popularmente se denominaba en Hong Kong a las personas occidentales: “Mamá, yo quiero dim-sum” (los típicos bocaditos al vapor de la cocina cantonesa), “¿cuándo vamos a ir a un chaa-lau a tomar dim-sum”, refiriéndose a los restaurantes de su ciudad natal donde tradicionalmente se sirve dicha especialidad…

Pasarían bastantes años hasta que volvieran a probarlos. En su lugar, fueron supliendo gradualmente sus apetencias alimentarias el chorizo Revilla (del que yo me haría fanático a su edad), el fuagrás Mina, que no era foie-gras sino paté, como ahora sabemos todos, y la eterna Nocilla: lo más parecido a la crema de cacahuete que los dos niños conocían de las costumbres híbridas de la colonia británica de procedencia. Las aceitunas, tan españolas y tan exageradamente saladas en opinión de mi madre, no fueron tan fácilmente aceptadas por sus paladares, todavía chinos, hasta no haber sido probadas repetidas veces durante largo tiempo y acabar incluyéndolas en la cesta de la compra que se hacía en el antiguo mercado de Canillas, en los aledaños de la madrileña Plaza de Las Ventas, famoso entre los hosteleros de la ciudad por su variedad y buen precio. No existía Mercamadrid.

A falta de productos chinos, no tardaron en descubrir la riqueza gastronómica española. Sobre todo las verduras. Como solía decir mi padre, cuando recorría las carreteras que conducían a pueblos y ciudades de toda España (primero en la Renault-4 de su patrón hispano-norteamericano, el señor Morales, y más tarde en su propio Seat-124) que las tierras de este país, tan patentemente religioso, debían estar tocadas por la mano de “Yesú” (por Jesucristo) dada la gran variedad y excepcional tamaño de los cultivos crecidos que divisaba desde el coche, algunos reconocidos a primera vista por sus conocimientos de origen campesino: “¡Vaya altura de espigas de trigo!, ¡menudas coles!, ¡qué exuberancia! Umm… eso no sé que son, pero deben ser algún tipo de lechuga gigante”. Se lo preguntaría al primer paisano con el que hablara al llegar a la población más cercana donde repostar combustible, en su vocabulario español aprendido a marchas forzadas los primeros años de trabajo con camareros españoles y algún profesor puntual, pronunciado a su manera.

Los nombres

Steven y Agnes. Esos eran los nombres británicos con los que las diócesis de Saint Peter´s y Saint Mary´s de Hongkong habían bautizado a los dos niños escolarizados en la educación colonial británica que más tarde emigrarían a España con sus padres. A su llegada a Madrid, y una vez admitidos en los Padres Claretianos y las Franciscana de Montpellier respectivamente, sus nombres fueron traducidos al español para su adopción definitiva por parte de mi hermano Esteban y rechazo de mi hermana: el nombre español de Inés no le gustaba nada, y siguió haciéndose llamar Agnes, a pesar de la desaprobación  de las religiosas, hasta volver a usar su nombre chino años después y aún hoy. Cosas de mujeres…

Ya en 1966, siete meses después de las visita de los Beatles a España, mi madre me trajo al mundo. Mi padre trabajaba en el  mítico restaurante chino House of Ming, en Paseo de la Castellana de Madrid, desaparecido hace cosa de cinco años, donde celebraron el convite de mi bautizo como Miguel. Así se llamaba mi padrino, también chino emigrante, pero de la provincia nororiental de Shandong, que estuvo relacionado con los misioneros religiosos españoles. Su nombre en español, ante el desconocimiento de mis padres del santoral en este idioma, era la opción más apropiada para dar un nombre cristiano al recién nacido, como estaba mandado, y registrando a su vez uno chino que, al ser masculino, debía guardar relación con el de su hermano mayor. Así, en las familias de muchos hermanos, todos sus nombres suelen tener un prefijo común variando el sufijo. En nuestro caso, fueron Kinmeng y Kinsán respectivamente.

La transcripción sobre los documentos oficiales de los nombres chinos al español nunca fue la correcta, al menos fonéticamente. Pero no había nadie que pudiera observarlo y corregirlo. Así se quedaron tal como se entendieron en su momento, sin importar su correlación escrita con la pronunciación real en su idioma original. Del mismo modo ocurrió con los nombres de los hijos de los otros dos cocineros de Zhongshan. Uno de ellos, el señor Chan decidió aceptar un puesto de jefe de cocina un restaurante indonesio de Torremolinos, tuvo a sus dos únicos hijos en España con su mujer, la que años antes había viajado con mi madre y mis hermanos. El otro, el señor Leung, ya tenía tres niñas antes de emigrar, tuvo dos hijas más en España de mi edad. Es la familia de las cinco hijas que viven en Alicante desde que el padre estableció su propio restaurante hace más de cuarenta años. Sólo el mío se quedó en Madrid, atendiendo al razonamiento de su mujer que decía que en la gran ciudad habría más oportunidades de futuro para sus hijos que en aquellas pequeñas poblaciones costeras.

En otra ocasión contaré un poco cómo fueron las vidas de estos tres pioneros de los años ´60 en España en torno a los fogones, y quizá también, de algunos de los más veteranos cocineros chinos actuales en España que llegaron posteriormente siguiendo su rastro.”

Miguel Lam

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