Los sueños taoístas de OrigenMátrix

Origen (Inception, 2010) es una película de ciencia ficción dirigida por Christopher Nolan que explota la dificultad de discernir entre lo soñado y lo real. Su peculiar argumento me ha recordado un famoso pasaje del Zhuangzi, el del soñador que soñaba ser una mariposa y que al despertar dudaba si en realidad era él que había soñado ser una mariposa o la mariposa que soñaba ser él. Taoísmo y cine occidental, una relación que pasa desapercibida pero que nos conecta directamente con la filosofía china. ¿Quieren saber cómo?

En Origen, la sociedad tiene el poder de dominar el sueño de las personas y, a través de él, introducirse en sus mentes para conseguir información o cambiar comportamientos. Las víctimas de las artimañas del grupo protagonista que encabeza el actor Leonardo DiCaprio creen vivir de verdad lo que en realidad les inducen a soñar, e incluso a veces viven en el sueño de otra persona creyendo que es su propia realidad. La tecnología no es secreta, o al menos no absolutamente, y los grandes magnates pueden ser adiestrados para detectar cuando son inducidos a este tipo de sueños y para defenderse dentro de ellos. Esto obliga a sofisticar la técnica hasta llegar a los sueños anidados, el sueño que se sueña dentro del primer sueño: dentro del primer sueño, se induce a las personas a dormir y a soñar un segundo sueño bajo las mismas premisas de control, pero ahora menos detectable o si lo prefieren aun más engañoso. Estos sueños pueden encadenarse hasta cuatro veces, cada vez con mayor peligro de no poder despertar sano y salvo.

Zhuangzi es uno de los dos fundadores de la filosofía taoísta. El otro es Laozi. Más o menos alrededor del siglo IV antes de nuestra era, en el llamado Periodo de los Reinos Combatientes, en la antigua China, Zhuangzi escribió la obra que lleva su mismo nombre, o al menos una parte de la que ha llegado hasta nosotros. En el capítulo 2, leemos un texto muy conocido en la historia de la literatura y de la filosofía chinas, el del sueño de la mariposa:

Un día, Zhuang Zhou soñó que era una mariposa: estaba feliz de ser mariposa, ¡qué libertad! ¡Qué fantasía! Tanto era así que olvidó que era Zhou. De repente, despertó y se encontró, atónito, bajo el aspecto de Zhou. Pero ya no sabía si era Zhou, que había soñado que era mariposa, o si era una mariposa soñando que era Zhou.

El Zhuangzi, el libro que recoge estos pensamientos y que lleva el nombre de su autor, es una obra bellísima que está llena de imágenes de este tipo. Está considerada como un modelo dentro de la literatura china por su gran calidad literaria y poética. Pero no hay que olvidar que condensa buena parte de la visión del mundo que tenían los taoístas. No me negarán que la escena de la mariposa recuerda profundamente los planteamientos de películas recientes como Origen o Mátrix.

Una pizca de Taoísmo

¿Qué quería plasmar Zhuangzi con esa imagen de la mariposa y el sueño? Según la filosofía taoísta, el mundo que percibimos a través de nuestros sentidos no es más que una parte, una parte que percibimos dividida pero que participa de un todo esencial. Ese todo, el Tao, no puede ser comprendido tampoco a través de las palabras, cuyas estructuras y significados nos engañan a la hora de intentar comprender nuestro mundo. Más famosa que la de la mariposa es la paradoja que abre el Tao Te Ching, el libro de Laozi, el otro fundador del Taoísmo: “el tao que puede expresarse no es el tao verdadero”. Aquí, los críticos más escépticos replicaron en seguida con humor por qué siguió escribiendo su libro Laozi si lo que quería explicar no podía explicarse con palabras… Pero él siguió, y nosotros también.

De forma muy resumida, el Taoísmo propugna el Tao como el Origen absoluto, en él están contenidas todas las formas y da origen a todas las cosas, todo lo que conocemos surge del Tao y al mismo tiempo forma parte de él. No se separan de él, son una multiplicidad de una única realidad eterna. Pero no puede ser conocido a través del lenguaje digamos cotidiano. Veamos por qué.

El Tao es no ser, en el sentido de origen absoluto sin ninguna forma predeterminada, pero al mismo tiempo es ser, encarnado en las distintas cosas que conforman el mundo. Tiene por tanto un doble aspecto, uno como Constante innominable y, a la vez, otro que abraza toda la realidad nombrable. El primero no tiene nombre ni tiene forma, pero a la vez, como generador de todas las cosas, éstas tienen forma y tienen nombre. Y ambas facetas coexisten. Comprender esta unidad del Tao es lo que no se puede expresar con palabras ni aprehender con los sentidos, en el mundo que nos rodea caemos en la trampa que nos oculta la verdadera realidad del Tao. Y aquí entra la imagen de la mariposa y el sueño, cuya metáfora pretende hacer ver que no puede saberse si lo que uno cree conocer es conocimiento o ignorancia, de la misma forma que Zhou no podía saber si estaba en estado de vigilia o de sueño, ni siquiera si era Zhou o era la mariposa…

El lenguaje nos ordena el mundo en dicotomías, blanco/negro, fácil/difícil, yo/los otros… y nos regula la forma en que vemos el mundo. Para los fundadores del Taoísmo estas distinciones que hacemos por costumbre nos inducen al error porque limitan lo que no tiene límites, las cosas son lo que son porque, al mismo tiempo que son múltiples, participan del mismo Tao y son el mismo Tao, que es único. La clave está entonces en entender que la relación entre los contrarios, entre las dicotomías, no es lógica sino orgánica y cíclica, siguiendo el modelo generativo de la pareja Yin/Yang. Enunciar algo quiere decir enunciar su contrario al mismo tiempo. Ambos forman parte de la misma cosa y se generan mutuamente: el sol genera la sombra, que va cambiando a medida que el astro recorre su camino. Lo corto genera al mismo tiempo lo largo, por oposición, y en realidad, pues, estamos hablando de la misma cosa.

De este punto se sigue una de las conclusiones más fascinantes del Taoísmo: ese constante proceso de generación no necesita de ninguna acción porque ésta está contenida en su misma esencia, que a la vez es también la quietud: “El Tao permanente no actúa / más nada hay que deje de hacer” (Tao Te Ching, cap. 37). No hay que actuar porque cualquier actuación estará marcada por nuestra percepción condicionada. El sabio debe huir del conocimiento y de los deseos que éste genera mediante el lenguaje, porque nos obligan a actuar de una determinada manera en contra de la naturaleza del Tao: “No teniendo ya deseos, reinará la calma / y el mundo se tornará estable de manera espontánea” (Tao Te Ching, cap. 37). El sabio actuará sencillamente dejando que las cosas sigan su curso natural, no hace falta hacer nada; más aún, debemos no hacer nada. Esta es la Virtud que el conocimiento de Tao proporciona al ser humano en su vida cotidiana, conseguir el máximo resultado con la mínima intervención.

Semiótica, física y filosofía

¿Es todo esto una cuestión baladí o una pequeña anécdota dentro de la historia de la filosofía china? La relación entre la realidad y las palabras, desde el punto de vista semántico, ha sido en los últimos dos siglos un tema de amplia producción científica hasta el punto de crear toda una nueva ciencia, la de la semiótica, a finales del XIX, con Charles S. Pierce y Ferdinand de Saussure. También la física ha abierto caminos que nos llevan a plantear universos más allá de los sentidos, más allá de la paradoja o de los límites del lenguaje. El denominado “principio antrópico” establece que si el universo es tal como lo observamos es porque nosotros, seres conscientes, existimos, lo cual probaría nuestra misma existencia. Pero la ciencia e incluso la filosofía también han abierto la puerta a otros universos alternativos, o a multiversos, y al diseño inteligente de estos. Películas como Matrix han explotado ampliamente estas brechas. Su planteamiento inicial cuestiona si vivimos donde creemos vivir y si realmente experimentamos aquello que nuestros sentidos nos comunican o bien todo es una alucinación y en realidad somos un simple simulacro dentro de una realidad diferente y/o superior.

No es un argumento banal, importantes matemáticos y físicos teóricos han estudiado la cuestión. Es el caso, por ejemplo, de John D. Barrow. Pueden leer su artículo “Living in a Simulated Universe”, en el cual teoriza para deducir si verdaderamente se da la situación que su título describe. Incluso recoge posibles vías de actuación si la respuesta fuera afirmativa, como por ejemplo la de Robin Hanson, quien sugiere que en caso de demostrarse que vivimos en un universo simulado se debería actuar de forma que uno aumentara sus posibilidades de seguir existiendo en la simulación o incluso de ser ‘resimulado’ en el futuro: “si usted vive en una simulación entonces todos son iguales y podría preocuparse menos por los demás, vivir más al día, hacer su mundo más parecido al del nuevo rico (…) y mantener gente famosa a su alrededor más feliz y más interesada en usted”(en HANSON, R. “How to live in a Simulation “). Una táctica muy discutible porque supone que el Programador estaría interesado en este tipo de éxito para su simulación, algo totalmente indemostrable. En esta página web puede encontrar muchas más argumentaciones de este tipo (en inglés).

En definitiva, límites humanos y universos por descubrir, como ya se sugería en el Zhuangzi y en el Tao Te Ching, hace más de dos milenios. Matrix y Origen parecen paradojas que todavía reflexionen sobre las mismas o similares cuestiones. ¿Tal vez sean universos taoístas?

ENLACES

– Concepción Pérez (2004). “La filosofía en Mátrix. Una propuesta educativa” (pdf). En Filosofía para niños, nº 2

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