LIBROS. Recuerdos de un callejón sin salida (2003), de Banana Yoshimoto

La obra más conocida de Banana Yoshimoto –pseudónimo de Mahoko Yoshimoto– es seguramente Kitchen, su primera novela, pero a poco que se indaga sobre su persona es fácil encontrar referencias de la propia autora que sitúan Recuerdos de un callejón sin salida como su obra más completa: “Si nunca han leído una de mis obras, les recomendaría Recuerdos de un callejón sin salida, pienso que esa obra fue una culminación de mis trabajos, contiene abundantes elementos que aparecen en muchas de mis obras”. Así que, como después de pasar por su cocina lo que pretendía era entender mejor su obra, me adentré en ese callejón que esperaba que realmente tuviera una salida convincente.

Recuerdos de un callejon sin salida, Banana Yoshimoto

Edición utilizada:

YOSHIMOTO, B. (2011). Recuerdos de un callejón sin salida (Andanzas). Barcelona: Tusquets Ed., col. Andanzas nº 762

Valoración personal (sobre 5): una interesante muestra de la literatura japonesa actual (3)

bananaMahoko Yoshimoto (Tokio, 1964), conocida en el mundo literario como Banana Yoshimoto, es una de las escritoras japonesas contemporáneas más conocidas actualmente en el mundo. Junto a Haruki Murakami comparten el honor de tener algunas de las novelas más leídas y traducidas de su país. Graduada en literatura en la Universidad Nihon, ya en 1987 obtuvo varios premios con su primera novela, la aclamada Kitchen, escrita cuando aun era estudiante y que, sólo en Japón, ha superado las 80 ediciones. A partir de ahí, su carrera literaria fue impulsada internacionalmente mientras seguía cosechando premios, tanto en Japón como en Occidente. Ha escrito más de una docena de novelas y también algunos ensayos. Al menos tres de sus novelas han sido llevadas al cine, entre ellas Kitchen, que lo ha sido en dos ocasiones.

Recuerdos de… es un libro de cinco narraciones cortas “sobre tristes y dolorosas historias de amor”, según comenta la propia autora en el epílogo de la obra. Realmente, son cinco historias montadas alrededor de diversas circunstancias más o menos adversas y/o protagonizadas por personajes en cierta forma solitarios a los que la vida somete a una dura prueba. Sin embargo, no salga corriendo si no tiene ganas de leer cosas tristes porque la sensación final siempre es que los protagonistas de estas historias son sometidos, sí, a los momentos difíciles que les exige el guión de Yoshimoto, pero salen fortalecidos de esas tramas como mejores personas, más capaces de enfrentarse al mundo y, en cierta forma, pues, reconfortados.

Vaya por delante que, en efecto y tal como considera su autora, creo que las cinco historias condensan a la perfección lo esencial de su forma de escribir y, por tanto, si alguien quiere empezar a leer a Banana Yoshimoto yo también le recomendaría esta obra.

Los pilares de Banana Yoshimoto

La de Yoshimoto es una literatura basada sobre todo en dos pilares, la construcción de un determinado tipo de personajes y unos ritmos endiabladamente bien concebidos. En cuanto a los personajes, a mí me recuerdan mucho a los de Haruki Murakami, jóvenes urbanos solitarios, afables y sensibles. En el caso de Yoshimoto la protagonista siempre es femenina, de esta forma la escritora da voz a las jóvenes generaciones japonesas, a sus problemas y a su mundo, siendo este tal vez uno de los pilares de su éxito. Suelen presentar un cierto sentimiento de desarraigo, a veces hasta un cierto alejamiento de su círculo social, pero, a diferencia de los personajes de Murakami, luchan de alguna manera por superar ese aislamiento. Son personajes complejos, aunque sean trazados en unas pocas páginas, ya que su universo psíquico así los delinea.

El otro gran aparejo de la ficción de Banana Yoshimoto es el ritmo de las historias. Su técnica consiste en llevar al lector a través de un relato como el gondolero que nos transporta por un canal tranquilo, pero de repente, la autora es capaz de hacernos cruzar por otro en donde las aguas bajan salvajes. Su pericia, sin embargo, nos saca de allí rápidamente; basta una frase, un concepto, un párrafo a lo sumo –y generalmente breve– para que, primero, el lector haya recibido una información inesperada y vital para la historia, y segundo, para que el ritmo haya sido sacudido breve pero intensamente. El recurso tal vez sea sencillo, pero Banana Yoshimoto lo emplea con maestría y elegancia, y le da excelentes resultados.

Más allá de estos dos elementos, hay otras características de sus obras que merece la pena comentar. Una es su empleo de la cocina y la gastronomía como elementos casi omnipresentes en su obra, algo que también caracteriza a Murakami. En una reciente entrevista, explicaba al respecto que este es un material literario que le permite que los personajes pierdan el estado de extrema tensión, así “se relajan y adquieren de repente el toque humano. Considero que es muy importante describir ese momento y atrapar su humanidad”.

El otro elemento que considero interesante en sus obras, aunque no tan presente como el anterior, es el realismo mágico, algo bien conocido en la literatura japonesa y que también utilizan otros autores (sin ir más lejos el mismo Murakami). Así, por ejemplo, en “La casa de los fantasmas”, uno de los relatos de este libro, los espíritus de un matrimonio de ancianos tienen un pequeño pero clave papel en el desarrollo de la historia.

A modo de conclusión

Banana Yoshimoto, como Haruki Murakami, o como Yoko Ogawa, pertenecen a un grupo de escritores tan conocidos en Japón como fuera de sus fronteras, lo que muchas veces les ha deparado fuertes críticas en su país. Se les acusa de escribir obras excesivamente occidentalizadas, que no reflejarían la esencia de la vida japonesa; de hacer algo así como baja literatura, obras sencillas, fáciles o ramplonas, alejadas digamos del canon exigible a una obra que quiera aspirar a integrarse en la tradición literaria japonesa.

En Occidente, sin embargo, suelen tener una consideración más unánime como representantes de la actual literatura japonesa y como excelentes puertas de entrada al pensamiento y al código de valores contemporáneos de aquel país. En el fondo, seguramente la cuestión sería discernir qué es hoy la esencia japonesa y, más importante quizás, si en esa esencia ya se han incrustado de forma indisoluble los trazos de la globalización.

Ciertamente, no cabe duda de que Yoshimoto o Murakami han levantado sus propios castillos literarios, tal vez no tan altos como los de Tanizaki, Oe o Kawabata, pero están firmemente apoyados en millones de lectores y en innegables valores literarios.

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